miércoles 29 de abril de 2009

Procedimientos para una pandemia en el S. XXI.

            Esperar por el alba, desnudo. Atrincherarse en el interior de la alcoba. Levantarse de ese viejo colchón cubierto con sábanas. Despojarse de los pastosos fragmentos entre los párpados, haciendo círculos con el metacarpio del pulgar. De a pocos, ir dejando entrar los novísimos rayos de luz. Primero un párpado, luego el otro. Espolearse de un resonante bostezo y hacer tronar tanto los huesos como los enmarañados músculos de la espalda. Uno, dos y tres cracks. Levantarse aún contoneando el cuerpo de lado a lado por todo el pasillo.  Dos quejidos y un breve estiramiento facial. Fast click al botón rojo de encendido del televisor. Noticiero televisivo nacional. Noticia estelar, más de lo mismo. "Gripe porcina". México, cientos de kilómetros al norte. Docenas de muertos. Periodistas que te hablan fuerte y enfáticos. Música de fondo para una película clase-B. Irse a la cocina. Preparar el desayuno con total indeferencia. Opacar el sonido del televisor con la cuchara en el sartén. Un, dos, tres, cuatro y un quinto golpe final. Sentarse a desayunar ojeando el titular del periódico. Abunda la noticia como la mismísima infección. Estrepitar el periódico hacia el extremo contrario de la mesa. Dejar escapar una mueca con asco. Disponer de la comida. Abandonar la mitad del plato sin comer. Prepararse a salir. Tomar la bufanda y la jacket del armario. Pisar la avenida y enrumbarse al centro. Tres, siete, doce personas con mascarilla. Reír cínicamente mientras se apura el paso. Alcanzar el final de la avenida. Tres tipos más con mascarillas. Mirar atrás tan sólo por un segundo. Todos convertidos en cerdos. Cada uno más espantoso que el anterior. Consumiendo todas las pastillas. Sudando miedos embobados frente a la televisión. Niños que lloran. Mujeres que cancelan actividades sociales porque "nadie es inmune". Cruzar la calle. Comprar un paquete de cinco máscaras y dos jarabes para la tos. Irse a la casa. Prenderle fuego a las mascarillas. Verterse el jarabe por toda la cabeza. Saborear con el borde izquierdo de la boca el jarabe. Reír cínicamente. Escupir por la ventana a la calle. Encender el televisor nuevamente. Noticiero televisivo nacional. Noticia estelar, más de lo mismo. Pandemia de Influenza. Cambiar el canal y curarse.

lunes 2 de marzo de 2009

De Martivs y un poco sobre el anatema del literato.

“Al trino tercero de novena época,
toca embriagarse de fragantes narcisos...
en aguas de mi vigésimo desencanto,
ahogar el rostro” (2009).



Marzo: tercer mes de nuestro gregoriano calendario, primer mes del antiguo calendario romano. Inspirado su nombre del latín Mars, dios mítico de guerra. Vigésimo giro el que toca mis manos este mes, que deberé de acopiar de mi jardín mil narcisos que no poseo para consagrar con olores vida y muerte de un año más que nos pasa frente a los ojos.

Ya es marzo... y pareciera este nuevo lapso escurrirse por entre nuestras falanges con una mayor ligereza que en que otrora lo hicieran los días. Pero bueno, da igual ¿no?, ya sean fugaces o parsimoniosos estos tiempos no queda más que remitirnos un poco al tópico del Carpe y beber del vino y la fermentada cebada hasta sedar penas y elogiar gozos... o simplemente admirar crepúsculos desnudo de prisas, pletórico de tiempo; luego de una de esas tan extensas jornadas entre cátedra universitaria.

“Sólo mentiras dice el poeta”, “El poeta miente demasiado”, parafraseaba uno de mis profesores de literatura en la Universidad Nacional: el Dr. Carlos Francisco Monge, de un proverbio que Aristóteles atribuía a Homero. “El arte no refleja la realidad, crea otra realidad” sostenía tiempo después, ya bastante más avanzada la clase. Y me quedé pensando un poco en eso... es cierto, de una u otra guisa; o al menos así lo he visto concebirse. Y me comenzaba a preguntar: ¿habránse esas mentiras, esas nuevas, a veces ficcionales y a veces no tanto, realidades convertido en un problema o una carga para los antiguos poetas? ¿...lo harán ahora? A veces pareciera que el autor atisba consigo una maldición heredada de su propio arte.

Pese al historicismo y demás corrientes que retoman la indudable implicación del autor en su obra, parafraseando un poco a Barthes, a veces llego a pensar que “el autor se muere”, a veces esa preponderancia asignada al lector no es que “acaba”, per se, al autor, sino que puede llegar a disipar el significado que le otorga, desde su nacimiento, el literato a su obra y, al tener el poder de acertar sus propios significados, el lector, en el caso específico de ser allegado al autor, puede llegar a crearse una imagen errónea de éste e interferir en su relación interpersonal de una u otra manera.

Es curioso, a veces los versos y el verbo que puede llegar uno a escupir de entre los dientes, pueden convertirse en una blasfemia para la vida personal del autor. Puede el literato verse acorralado y acechado por lo dicho, sin fronteras temporales, espaciales ni de guisa alguna. Y no por la concepción de una blasfemia transgresora o rebelde en la obra, mas por una interpretación totalmente disidente del impulso que inspirara al autor, en donde habría una relación de conflicto. Este escenario normalmente llega a carecer de importancia, ya que la distancia que impone la obra entre el autor y el lector es verdaderamente amplia en la mayoría de los casos. Pero ¿qué repercusiones tiene para el literato ante las personas más allegadas a ella o él? Muchas veces el autor se ve maldito entre reclamos de lo que supuestamente se dice y lo que supuestamente no se dice, acechado por lo dicho en el pasado, y algunas veces, incluso, con miedos por lo que será dicho en el porvenir. Refiérase o no a esas cercanas personas la obra –ya que a la gente le gusta verse retratada y buscan proyectarse o proyectar algo en las coincidencias de una obra literaria con la “realidad”, por ejemplo-, puede crear un conflicto interpersonal entre los lectores allegados (llámense familia, amigos, conocidos) y el autor.

Hoy por hoy pasé la tarde reflexionando sobre esto y retomando de la experiencia referentes para tratar de entenderlo. Pero al asumir mi situación y mis circunstancias, aún regreso a la pregunta primera, aquella que no pude contestar: ¿habrán padecido a través de la historia los poetas/autores estos mismos escarmientos? ¿Será esta una maldición qué cargar en el oficio de creador de distintas realidades? La verdad es que no lo sé, y por paradójico que suene, no me importa. Habrá que seguir simplemente tentando a la vida y, como decía antes, beber de la vid hasta saciarse, tomar nuestras genéricas versiones –por no decir copias bastardas- de las varias plumas que usara Cervantes, para así derramarnos impúdicos sobre los papeles que, a futuro tal vez, terminen por “acabarnos”. Salud.

sábado 7 de febrero de 2009

Me encanta perder el tiempo... ¿qué más puedo decir?



Me encanta perder el tiempo... debo aceptarlo, me encanta desperdiciar las horas en actividades que invoquen al “ocio”, como dirían quienes me ven pasar por las calles... Hablemos hoy de perder el tiempo desde la opinión de esta sociedad en donde sobrevivimos, desde esa visión tan distinta que poseen esos otros seres con quienes habitamos el día a día, esa visión respecto a las actividades que realizo, y realizamos este cierto hato que mencionara el Doctor Papanatas. Pero así es: inequívocamente me encanta perder el tiempo. Y es que cualquier momento es bueno realmente para perderse en uno mismo, o con las personas cómplices de esos momentos de lucidez.


Cualquier lugar y momento es bueno: una mañana de “goma”, un medio día nuboso, una tarde soleada en un parque, un atardecer -ojala con llovizna- en la capital, una tarde lluviosa en el jardín de la casa, una noche en las afueras de un bar, los viejos clásicos por Hatillo, noches de jueves viendo malabares en el Parque Morazán, una madrugada sentado en el corredor frente a la casa o afuera de la casa de Tillor o sentado frente a esta pantalla azul con blanco... cualquier lugar y cualquier momento es bueno, si ya uno se conoce y sabe a qué hora y en qué momento dejar brotar ese deseo de perderse dentro de uno mismo y quizá nunca regresar, o quizá volver por periodos, pero tan sólo para saber que siguen vivos de este otro lado del espectro.


Hay para quienes ciertos placeres de una vida tranquila resultan casi perniciosos, hay para quienes sentarse a ver bailar alguna flor apunto de morir en el jardín es perder el tiempo... y no los culpo, tampoco espero que la gente logre ver el mundo de la misma manera en que yo suelo hacerlo. Aquí es donde salen un poco a flote mis creencias y convicciones sobre ciertos temas en los que las demás personas han aceptado sin más, de boca de la sociedad, como verdades irreductibles.


El trabajo, por ejemplo, es una de ellas. “¡Trabajen!” “¡No sean vagos!”, he oído mentar unas miles de veces –más o menos un pichaso, como dirían ¡ja!- pero ¿qué es el trabajo? En dos posibles casos aún estoy a salvo: si habláramos de trabajo en un contexto netamente marxista: donde el trabajo adquiere una categoría antropológica, trascendiendo más allá de factores espiritualmente insustanciales, como lo es el económico, pues creo que he tomado un buen camino, ya que entre esas famélicas pinceladas de “músico y escritor” y mi futura profesión como educador encuentro elixir para satisfacer tanto mi cuerpo como mi espíritu e, inclusive, hasta encuentro un poco de luz que devolver a este mundo tan menguado. Entre el nuevo saber de una joven o un joven y esas cómplices miradas al oír o leer alguno de mis trabajos, siento en ese instante esa retroalimentación vital para la existencia de quienes miran con sus ojos más allá del largo de sus narices, y pierden el tiempo, como decía antes, absortos en el baile de una flor al borde de desplomarse de la punta de su alto tallo, o en la vorágine embriagante de los matices de rojos, azules, naranjas y violetas de aquellos espléndidos atardeceres, esos que suelen dejarnos sin verbo.


Pero hay otros parámetros bajo los que se mide también el trabajo: y estos son más acordes, como decía anteriormente, al contexto de esta sociedad en la que sobrevivimos. En las pericias de este mundo postmoderno, en sus prisas y desvaríos sobre lo que realmente resulta importante, el factor económico ha pasado a ser un ente fundamental y determinante de la vida, la calidad de vida y la satisfacción tanto física como espiritual de cada ser humano. Las personas se han vendido y consumido a las trivialidades de lo material y se han regalado, al mismo tiempo, como ofrenda mercantil a este mismo sistema. Como he dicho alguna vez, han dejado que su humanidad se vacíe por los canales junto a las aceras, olvidándola en cada paso vertiginoso hacia un porvenir ya del todo incierto. ¡Ja! Y pensar que incluso hasta corren para llegar hasta ahí... la maldición de la prisa. Pero como rescataba, inclusive en este tan aciago panorama que presagia el futuro, estoy salvo, pues el camino que he tomado me da para sobrevivir y tener bienestar, sin ambicionar mundos vacíos y fútiles.


-Es cierto que hay en este mundo tan atrofiado gentes que, ya inmersas en ese sistema, el escaso dinero que puedan generar –cuando pueden generarlo- les es vital para seguir con vida, es cierto que la pobreza encuentra a su creador en este mismo sistema viral que les consume, es cierto que hay quienes mueren en las calles con fríos y hambres... pero de ello quisiera discutir luego con más calma y quizá otra copa de vino.-


Y es quizá por esto, por este enfoque de prioridades tan distinto, que me matiza tanto sentarme a ver pasar la gente por Plaza Avenida, por ejemplo, tratando siempre de comprender si existe o no algún motivo real por el cual pasar por esta vida corriendo prisas. Ver a los niños arrastrar a sus padres hasta las vitrinas añorando el último juguete anunciado en la televisión. Ver a las niñas confundirse entre los estereotipos machistas de una sociedad que les exige mostrarse cada vez más para sentirse con alguna especie poder. Ver ancianos tratando de sobrellevar la marea de gentes que avasallan sobre ellos, tan solo porque, al igual que yo, no le encuentran sentido a esa prisa mal nacida. Ver mendigos hacer sus maromas para ganarse una que otra monedilla de dizques buenos samaritanos. Ver hombres y mujeres primer-mundistas desfilar por esos adoquines, juzgando con sus miradas lo que ellos suelen llamar el tercer mundo. Cantores con sus guitarras al hombro, jóvenes enrolando, vendedores buscando su agosto, policías castigando a medias leyes incoherentes, taxistas lanzando los piropos más sucios, gentes bebiendo en azoteas, comiendo pizzas en una barra de madera frente a la avenida... ruidos de partidos, o beats de los ochentas.


Toda una gama perdurable de matices que crean consigo todo un microcosmos propio, en donde, de vez en vez y cada vez más frecuente, me siento junto a una o dos jarras de café, algunos друзья (droogs), uno que otro libro, el humo de los cigarrillos y ese desfile macabro de quimeras; esas que suelen ser llamadas personas.


Me encanta perder el tiempo... debo aceptarlo, me encanta perder el tiempo. Este es mi trabajo, lo entiendan o no lo entiendan: ver, sentir y comer las musas de esta tan triste ciudad. Con esto lleno mi espíritu y mi físico. Con esto me retroalimento del mundo. Con ello encuentro las armas para sobrevivirlo, para transmitirlo. Y quizá no exista una gran remuneración, pero igual no es por eso que estoy acá sentado, alelado de atardeceres. Me encanta perder el tiempo... y me encanta que haya llegado hasta acá usted conmigo y así lo perdamos juntos, ante los ojos de aquellos quienes no logran comprender qué se esconde en frente de sus propios ojos. Espero toparme con usted, una tarde de estas, mientras tomamos café en los balcones de Plaza Avenida, por ejemplo.

viernes 6 de febrero de 2009

Un poco acerca del blog y esas noches letalmente parsimoniosas...

Algunas noches se van desnudando letalmente parsimoniosas, flemáticas y llenas de míseras millones de reflexiones a veces vacías y a veces bastas sobre “el todo” cotidiano.


Y viene siendo, al ya estar inmerso en el hábitat del blog, que estas casi -inclusive- perniciosas noches se van tiñendo de diálogos pseudo-filosóficos en lo que los pedos mentales, tripas, emociones, inspiración e incluso, orgullo y prepotencia -entre tanta otra mierda humana-, ven un lienzo en donde colorearse impúdicas y libres de atavíos morales; cual paraíso edénico con el que aspiramos quienes en nuestro ocio hemos caído, de una u otra forma, entre ese espacio en blanco bajo los botones de “Edición de HTML” y el de “Redactar”. Listos siempre para escupir la tripa con el abatir de los dedos sobre todos esos botones llenos de letras. Siempre con el fin idílico de presionar “Publicar Entrada” sintiendo que valió aunque fuere un poco la pena, ese tiempo entre el primer suspiro y la última exhalación. La verdad es que encuentro en esto de los blogs un espacio muy cómodo, con el que nunca había contado, hasta ahora.


Y ante todo, viene siendo hoy también, una de esas noches, letárgicas y parsimoniosas, viene siendo la agonía de crear desde las profundidades el nexo que nos lleva a estas letras que escupimos de vez en vez quienes nos amamantamos de toda esa “mierda humana” que mencionaba con anterioridad..


Pero no hay más... esta noche, pese al insistente ardor en la boca del estómago, no dejaré más que esta pequeña reflexión que me regalo y comparto con ustedes. Ya he abierto la botella de vino, que confío cure, al menos por esta noche tan perenne, ese ardor causado por esa espina que nos acecha hasta el momento en que logremos sentarnos a escupir las tripas, junto uno que otro trozo de seso, en ese tan lenitivo espacio en blanco bajo el botón de “Redactar”. Y abierta la botella y dicho esto... los dejo, con la tarea de seguir dando vida a este impúdico mundo, que pareciera tan lleno de aquel vestigio deseco que conocen como: “libertad”.


Yo por mi parte, seguiré deleitándome, abrazado a esta copa de vino, de lo impúdico y políticamente incorrecto que brota de cada click, mientras, por esta noche, me convierto tan solo en espectador. ¡Salud!

domingo 1 de febrero de 2009

...un poco sobre el postmodernismo y la ideología del vacío.

...no es muy tarde aún, rondan las agujas del reloj apenas las doce media noche. Al tiempo en que me pierdo en el torpe baile de una pequeña flor a la orilla del jardín, repaso vagas las palabras que escupiese la gente aquella agitada tarde que caía sobre el Paseo Colón.

Clamábamos en voz alta por la libertad del pueblo palestino, el cese al fuego y al genocidio de uno de los más vetustos pueblos en la historia del ser humano. Se asomaban banderas, lazos y hasta burkas. Teníamos también, ciertos puños de panfletos que repartimos entre la gente, con el fin de invitar a la autorreflexión a una población ya famosa por su avasalladora apatía y –en contraste con los altos índices de alfabetización- su increíble ignorancia y prepotencia al abrir su boca para opinar sobre temas de los que no tienen cultura ni conocimiento alguno.

...sí, es cierto... podría, también desperdiciar mi tiempo pensando en aquellos tipos que le dan razón a un genocidio sin siquiera haberse tomado la molestia de abrir un libro de historia e investigar y filosofar sobre un conflicto que se sale de la comprensión cultural de occidente... pero no son esas pobres almas las que nublan hoy mis ideales de una humanidad más humana. Idealismo… ¡Ja! Lo que me adolece. Ese día revivió en mí una indignación peor... y la ondeaban grandes banderas rojas con puños y siglas, casi como si me lo echaran en cara.

Es extraño en verdad, oír las palabras e historias de mi padre sobre una época que pareciera perderse no solo entre los viejos libros de historia en las universidades públicas; sino también, entre banales leyendas narradas entre las manos infecundas de ésta nuestra generación postmoderna; la malversación de un ideal y una postura ideológica. Y es que en estos temas nuestra generación pareciere experta en este arte de “tocar y malversar”. Es una generación tan desamparada de un trasfondo cultural e ideológico en el cual apoyarse que su idea de “cultura” se basa en carecer de una cultura, afirmando su credo en lo trivial y banal del mundo postmoderno. Cultura de tragar y consumir, tragar y consumir sin pie al cuestionamiento o la reflexión.

Pues desgraciadamente así es y bajo estos mismos parámetros se acuna y se acunará a las venideras generaciones, futuras reproductoras de este sistema enfermo que, en su errática pesquisa por consumirse a sí mismo, ensangra de trivialidades los emblemas históricos de nuestra construcción ideológica; de ahí la desideologización característica de la generación postmoderna. Pero bueno, no es del malestar social en general ni de lo mierda que está volviéndose una generación -y por ende el mundo que construye- de lo que siento pensar esta tan extrañamente fría noche. ...o tal vez sí. Un poco...

Ondeaban, como decía, ciertas banderas rojas, aún con los mismos puños y siglas iguales o similares a las siglas de hace casi veinte y tantos años. Banderas que alguna vez enaltecieron la voz de cierto “sector de clase” dispuesto a luchar a como diere lugar por el bienestar general –entiéndase bienestar y no opulencia, ya que existe para quienes, en su inicua codicia, opulencia es determinativo de bienestar-, el bienestar de toda una población, sin distinción de clase, género y sin caer en terquedades religiosas. Por estas filas desfilaron personajes que poco a poco han ayudado a construirme como alguna especie de individuo o ser; mi abuela, mi padre y madre... sus amigos... por ejemplo.

Pero aquellos puños, aquellas siglas ondeando en esas banderas carecen de significado en estos tiempos... esos y esas “revolucionarios y revolucionarias” no son más que un espejismo deseco de lo que quiso ser, de lo que se soñara otrora. Aquí es donde es paradójico remembrar el discurso de mi padre, ya que aquellos puños y consignas, esa acalorada tarde de enero, no reflejaban nada ni construían una idea consigo mismos. El planteamiento era tan profundo como el guión de un reality show o un libro sobre “¿cómo ser una persona feliz en diez simples pasos?”... La misma reproducción del sistema... el mismo “tocar y malversar” encajado en las fibras que construyen este nuestro postmodernismo.

Y me sentí mal –y tal vez sea por eso que pierdo el tiempo pensando esta noche en esto-, porque malversados hemos embarcado este naufragio. Y en esa tempestad ni Marx ni Smith ni Aristóteles ni Balzac ni Dios ni Buda o Allāh ni hippies o yuppies ni come-flores ni new-agers o pacifistas ni banderas rojas ni moradas ni verdes o de colores ni la propiedad privada ni el levante de fronteras ni las universidades públicas ni los intelectualoides del siglo XXI ni ningún payaso de circo triste y con pulmón artificial podrá divisar tierra firme en dónde germinar nuevamente una conciencia que nos recuerde reiteradamente que somos “seres humanos”.